
“No tienen vino…” (Sn Jn Cap 2, Ver. 3). Jesús la mira, con un amor inmenso como un océano infinito. Su mirada luminosa más que el cielo mismo, se clava en al rostro de María en sus pupilas virginales, llenas de pureza y gracia.
Y con voz llena de ternura le contesta: “mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Aún no es llegada mi hora. (Sn Jn. Cap 2, Ver. 4).
Ella se aleja, en la misma forma en que llegará. Pero es una verdadera intercesora y no desea ver a los novios, acongojados en su boda. Por eso a los sirvientes, dice solamente: “Hagan lo que él les diga” (Sn Jn Cap. 2, Ver.
5). María sabe que su hijo es hijo de Dios y es obediente. Ella, vuelve a los menesteres a servir, es diligente. Y entre todas las mujeres, la más humilde.
Jesús, en la mesa del banquete, ordena a los sirvientes lo que era pertinente. María, no se da cuenta que Él, la ve con amor, con ternura y sonriente.
¡Es el primer milagro que Jesús obra!... Al convertir el agua en vino. Vino generoso que alegra el corazón del hombre, mientras no se abuse de el y en vicio, degenere.
¡Oh María, Dulce Madre!... sigue intercediendo ante tu hijo Jesús para que llene nuestros corazones que son a veces, cual ánforas vacías, que las llene con el vino generoso del amor al prójimo del servicio, la caridad, la alegría y la generosidad solícita y en nosotros se derramen las bendiciones tuyas y de Él, que nos hagan plenos de gozo, como en las Bodas de Cana a aquellos novios.
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