Por Adolfo Mondragón
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Sin embargo, basta con sólo oírlo para tener una clara idea de su personalidad, la mayoría de la música que interpretó es de su autoría y está al nivel del mejor jazz que se puede escuchar en este tiempo. Muy joven se aventuró a irse a estudiar a la ciudad de Boston en Estados unidos; era apenas un chamaco y decidió, en buena hora, no sólo soñar, sino perseguir sus sueños y atraparlos, hasta hacerlos realidad. Es incuestionable y evidente que posee un talento natural y un gusto especial por la música, especialmente por el piano en el que es un virtuoso.
Lo acompañan dos jóvenes igual que él: un baterista oriundo de San Juan de Puerto Rico y un bajista de Argentina, ambos excelentes y como trío no tienen parangón. Cada uno toca su instrumento con absoluto respeto al de los otros, ninguno en ningún momento intenta opacar a los demás, se comunican con la sola mirada, se siguen meticulosamente aun cuando leen la partitura, su acoplamiento es complementario, el resultado fantástico, el sonido embelesa; el buen jazz se hace presente en cada interpretación.
Hace un año, en la primera emisión de este festival, estuvo programado para presentarse en la ciudad, pero la fatalidad lo impidió pues su señora madre y una hermana, fallecieron en un lamentable accidente, impidiendo su presentación, por esta razón escribió una hermosa composición que tituló "Mis dos ángeles", plasmando en música todo el sentimiento de haber perdido a dos seres tan queridos; la pieza es realmente hermosa y al conocer su origen adquiere mayor dimensión.
El muchacho es agradable de entrada, sencillo, amable, con una amplia sonrisa y una actitud humilde, humildad que sólo alcanzan los verdaderamente grandes; en cuanto arranca las primeras notas notamos que estábamos frente a un gran pianista y mejor jazzista, hicimos silencio, agudizamos el oído, fijamos la mirada en sus manos al deslizarse sobre el teclado, dejándonos llevar por las notas, conteniendo la respiración para no interrumpir ni romper el silencio que nos permitía concentrarnos en la belleza de la interpretación, permanecimos embelesados bajo el encanto de la música.
El muchacho de la isla del encanto, pese a ser un excelente baterista, supo tocar de acuerdo... suave... marcando el ritmo con discreción... acompañando... usando las escobetillas y pisando con suavidad el pedal del tambor, de pronto, cuando fue pertinente, nos dio una muestra de su arte con un envidiable solo de batería, pero siempre sin afán protagónico, igual fue con el chavo del bajo, que tarareaba sin voz la melodía verdaderamente extasiado con la música, contagiaba con su actitud, era evidente que disfrutaba igual que nosotros de la interpretación. ¡Qué calidad de músicos! ¡Qué manera de acompañarse y de complementarse!
No les platico más porque me dedicaría a hacerles una reseña del concierto pues ignoro detalles de la vida de este ilustre personaje que tanto nos debe enorgullecer. Ojalá que con cualquier pretexto lo podamos tener de nuevo en el pueblo, si así fuere, le recomiendo que no se pierda la oportunidad de disfrutar de un gran concierto del mejor jazz que pueda oír, al nivel de las mejores salas del mundo e interpretado por un chavo que vio su luz primera en este entrañable Nuevo Laredo de usted y mío y de todos los que lo queremos.
Gracias amable lector por la gentileza de su atención. Le deseo que disfrute de un gran domingo en compañía de su familia.






