Por Jenaro Villamil
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En todo proceso de entropía o autodestrucción vuelven a aparecer los problemas de origen. En este caso, reaparece la vieja discusión que en 1989 se generó cuando algunos militantes del PMS optamos por no afiliarnos al PRD, creyendo que era más importante mantener un frente político que garantizara autonomía y solidez frente a la izquierda independiente que venía de su propio y complejo proceso de fusiones y encuentros, frente a los otros organismos que apoyaron a la Corriente Democrática escindida del PRI y que apoyaron la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, el año del fraude electoral fundacional del PRD.
Una mayoría de ex militantes del PMS -provenientes muchos del PSUM, del PMT y de otras organizaciones- decidieron apostarle a la fundación de un nuevo partido.
Se creó entonces el falso axioma de que la unión hace la fuerza y la fusión genera recursos. En el caso del PRD este axioma, con el tiempo, se ha desgastado.
Hoy están menos unidos los grupos originales y el pleito por los recursos -derivados de candidaturas, cargos gubernamentales, clientelas y no pocos enjuagues- se ha convertido en el elemento esencial del pleito por el control de la dirección.
El PRD se fundó sobre un frágil equilibrio que no pasó por una revisión programática ni un debate político, sino por el culto al pragmatismo electoral que devino en culto al cargo y al caudillo y a los candidatos en turno.
El caudillismo no fue un problema sólo de los liderazgos fuertes de Cárdenas o de Andrés Manuel López Obrador. Se reprodujeron a escala con gobernadores, alcaldes y jefes de “tribus”.
En el PRD se reprodujo lo peor de la cultura presidencialista y en no pocos casos las herencias autoritarias de la vieja izquierda comunista. La diversidad original del PRD no se convirtió en su riqueza, sino en su debilidad, precisamente por la falta de un pacto político eficaz y la pretensión de mantener a toda costa el axioma original.
Fallaron los elementos éticos mínimos para garantizar una convivencia tan difícil entre la izquierda independiente no priista (proveniente del PSUM, PMT, PRT), entre los cuadros priistas que salieron junto con Cuauhtémoc Cárdenas y con Porfirio Muñoz Ledo, entre la izquierda que se conoció como paraestatal por su proclividad a hacerle el juego al poder político en turno (de ahí provienen Jesús Ortega y buena parte de sus seguidores, ex militantes del PST y luego del PFCRN) y entre la llamada “izquierda social”, que originalmente fue crítica de la “democracia electorera” y en el PRD se transformaron en grupos con una fuerte ambición de poder y una débil cultura democrática.
Paradójicamente, el PRD no incorporó a buena parte de la izquierda cultural y menospreció durante años la agenda de las nuevas izquierdas defensoras del medio ambiente, de los derechos humanos, de la diversidad sexual, del derecho a la información y de la tolerancia religiosa.
Eso sonaba demasiado light para algunos de los viejos cuadros políticos. Se abandonaron las nuevas causas y se optó por un pragmatismo de frágil equilibrio.
jenarovi@yahoo.com.mx




