Guadalupe Loaeza
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Gracias al libro de Françoise Bataillon y François Giraud, autores de un libro en donde se narran los principios del entrañabilísimo IFAL, sabemos que muy poco tiempo después de haber sido inaugurado se empezaron a organizar conferencias con personajes como Alfonso Reyes y Jaime Torres Bodet. Cuando el escritor francés André Malraux visitó nuestro país en ese entonces se entusiasmó con el proyecto del IFAL, donde impartió varias conferencias. Igualmente, el famosísimo actor Louis Jouvet vino a inaugurar lo que sería el teatro del IFAL, cuya sala llevaría el nombre de “Molière”. Asimismo se le dio mucha importancia a las actividades cinematográficas. La primera película que se proyectó fue “ La Bataille du Rail”. A partir de esa época se instaura lo que se convertiría en uno de los primeros y más frecuentados cine-clubs de México, sin duda, el lugar de rigor de encuentro de universitarios, de intelectuales y de representantes de la burguesía francófila mexicana. Además se abre una cafetería, la primera en México que cuenta con una máquina para hacer café exprés.
En 1950, Jean-François Ricard (alias Jean-François Revel) junto con Jomi García Ascot son los primeros en organizar los ciclos de cine clásico. En los años 60 se funda el Centro Experimental de Cine, dirigido por Salvador Elizondo, quien dos veces por semana imparte conferencias alrededor del Séptimo Arte, asistido por José de la Colina.
Antes de que esto ocurriera, en 1947, aparece en los corredores del edificio de Nazas 43 un personaje que se convertiría en toda una institución, un joven llamado Jean Sirol, que era agrégé de droit. Este agregado cultural de la Embajada de Francia, un hombre exquisitamente mundano, erudito, educado, encantador y amigo de “tout Mexico”, fue uno de los primeros organizadores de la Reseña de Cine en Acapulco. En los cocteles de su departamento de Melchor Ocampo siempre se encontraban señoras de la sociedad, intelectuales, políticos y artistas de cine como Brigitte Bardot, Alain Delon y Jeanne Moreau. Además, numerosos viajes de Sirol a la provincia aseguraron lazos regulares con Guadalajara, Morelia y Uruapan, en primer lugar, y luego con Guanajuato, Oaxaca, Puebla y su región.
Algo que se puso mucho de moda en el IFAL eran las conferencias de los lunes en la Sala Molière. Además de estas pláticas, “ciertos cursos públicos distribuidos en cuatro o cinco semanas atraían a un auditorio particularmente numeroso. Durante el verano de 1959, los de Ignacio Bernal, ‘Últimos descubrimientos arqueológicos de México’, reunían a tal multitud que la Sala Molière resultaba a veces exigua”.
Dicen los autores de IFAL 1945-1985 que el periodo entre 65 y 84 “fue sensiblemente distinto” del precedente. Tal vez uno de los factores que contribuyó fue que el rumbo, es decir, la calle de Nazas, se empieza a llenar de comercios que nada tienen que ver con la cultura. Por añadidura, para entonces el sur de la ciudad adquiere mucho más prestigio cultural que el norte. Igualmente se puede atribuir a los cambios de programas y de criterios de directores.
En una entrevista que le hicieron a Carlos Fuentes acerca del IFAL, en donde ofreció varias conferencias, dijo: “Yo creo que es fundamental. Había un momento, en los 40, en los 50, en que, de no haber existido el IFAL, toda una generación de intelectuales mexicanos, de profesionistas mexicanos, de políticos mexicanos, no hubieran tenido la información que necesitaban (...) A nosotros el IFAL nos regaló, nos prestó, nos permitió usar un entresuelo, un mezzanine en el que nos reuníamos un grupo de escritores y políticos en ciernes a redactar una revista literaria, nuestra primera revista literaria, que se llamaba Barcos de Papel. Veníamos aquí todos los sábados Salvador Ruiz Navares, Enrique Creel de la Barra , Julio Rodolfo Moctezuma, Rafael Corrales Ayala, Dolores Castro y yo, y hacíamos esta revista (...)”.
Además de las actividades culturales y de las clases de francés, uno de los atractivos más característicos de la IFAL era la biblioteca Paul Rivet, inaugurada en 1958, la cual para 1998 tenía más de 34 mil ejemplares y 20 mil revistas francesas como L’Express, Paris-Match y Le Nouvel Observateur. Era allí donde solía consultar muchos libros para escribir textos que se relacionaban con Francia. Por ejemplo para situar a Agustín Lara en París en 1938 tuve acceso a varias obras donde se hablaba de los prostíbulos de entonces. Seguramente esos temas tan especializados... no los hubiera encontrado en cualquier biblioteca de México y mucho menos en internet. Saber que estaba la biblioteca a tan sólo 15 minutos de mi casa me animaba para seguir escribiendo sobre mi segunda patria. Pero desafortunadamente ya no será así...
“Adiós biblioteca Paul Rivet”, se intitula el espléndido reportaje de Rafael Vargas que publica la revista Proceso de esta semana. “El sorpresivo cierre de la biblioteca Paul Rivet -en cuyo espacio se despliega ahora un laboratorio de idiomas- anula prácticamente la posibilidad de consultar una gran cantidad de títulos”. Líneas abajo el periodista apunta: “Inquieta pensar qué pasará con el acervo que había permanecido en Río Nazas 43. Incluía muchos libros de carácter científico. Un importante fondo de libros de medicina donados por la Asociación Médica Franco-Mexicana. ¿Se les descartará por obsoletos? Pero también quedan en el IFAL muchos libros de literatura. ¿Qué destino tendrán?”. Coincido con Vargas cuando dice que es una pena que no exista una buena librería francesa en toda la ciudad. Y coincido también con él cuando añora la política cultural de Francia hacia el exterior, que siempre había sido ejemplar. Es cierto ya no es lo mismo. Lo que me aterra ahora es que una buena mañana me despierte con la noticia de que ya cerraron también el IFAL, por encontrarlo obsoleto, inservible y cuyo mantenimiento resultaba demasiado costoso. En ese caso no me quedaría más que exclamar: Merde! desde el fondo de mi corazón.
gloaeza@yahoo.com







