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Por nuestra cobardía


Félix Cortés Camarillo

Hoy es previsible que se encuentren dos marchas cívicas en el Monumento a la Independencia que conocemos como el Ángel, en la Ciudad de México. Una es a favor de los valores tradicionales de la familia heterosexual y la otra en pro de los matrimonios igualitarios, entre personas del mismo sexo. Las autoridades de la capital, como hacen usualmente, designarán a dos policías uniformados de cualquier ralea por cada manifestante de uno y otro bando, para evitar que unos y otros se agredan físicamente, lo cual es de agradecer. Ellos llaman a esto garantizar el derecho a la libre expresión y a la manifestación de las ideas. Bien.

Difícilmente puedo llamar manifestación de las ideas a la difusión por esa canallada que llaman redes sociales de la denuncia que uno de estos grupos hizo a partir de ayer de los nombres de tres -en realidad cuatro- sacerdotes católicos que, según los originadores del mensaje, son homosexuales practicantes que ocultan sus preferencias y su conducta.

El llamado Frente Orgullo Nacional envió al programa “Ciro por la mañana” de Radio y Telefórmula nombres, apellidos y cargos de cuatro sacerdotes, involucrando a la Arquidiócesis Primada de México, la Rectoría de la Basílica de Guadalupe, el Arzobispado de Xalapa, Veracruz y la Vocería de la Arquidiócesis Primada de México. Todos ellos, según el frente, son lo que se llama homosexuales de clóset y habrían mantenido relaciones sexuales con personas que proporcionaron los datos, pero cuyos nombres no se conocen. Ahí es donde la puerca tuerce el rabo.

Los avances de la tecnología permiten que cualquier persona, en cualquier lugar y en cualquier momento pueda “subir” al universo de la comunicación electrónica cualquier versión sobre cualquier hecho o persona. Se trata de un ejercicio magnífico de libertad que nunca imaginamos posible. Esto equivale al mayor de los libertinajes posibles.

Sin responsabilidad alguna yo puedo acusar a mi vecino de robo, homicidio, estupro, fraude o lo que se me venga a la imaginación sin necesidad de aportar nada más que mi afirmación. En todo caso, y si hay quien lea y haga caso a mi llamado, será problema de mi vecino probar que él no ha cometido ninguno de los pecados o delitos de los que le he acusado.

El anonimato fomenta y protege todas las diatribas, mentiras, calumnias y acusaciones falsas que queramos. Que es un riesgo subyacente en la libertad ejercida, me queda claro. La cobardía colectiva a la que inducen las redes sociales es una lacra compartida.

Ni dudo ni afirmo que los curas así expuestos sean homosexuales; es probable que sus denunciantes hayan sufrido acoso sexual de ellos o hayan incurrido en intercambios sexuales entre adultos por consentimiento mutuo. Eso no es importante y pertenece a otra área de la conducta humana. Si se trata de adultos, es asunto de las autoridades de la Iglesia; si se trató de menores cuando sucedieron los encuentros de ese especial tipo, puede ser objeto de la justicia penal.

En todo caso, es algo para la moralidad pública. Lo que no puede ser es asunto de los medios masivos de comunicación. El reportero verifica una y otra vez antes de afirmar cosas que no le constan. De otra manera, vende muchos periódicos o revistas u obtiene elevados puntos de rating.

PILÓN.- Sería de gran mezquindad no reconocer a Enrique Peña Nieto la candidez con la que respondió a las preguntas de Ciro Gómez Leyva en su entrevista esta semana. Preguntas que han estado en el subconsciente colectivo de la mayoría de los mexicanos y que escucho constantemente. Podemos no estar, y no estamos, de acuerdo con los planteamientos del Presidente, llevados permanentemente por su convicción de que nosotros somos los ciegos que nos negamos a ver el país color de rosa que imagina haber conseguido, pero por lo menos hay que conceder que él realmente cree en esa realidad ficticia.

El Presidente se queda al borde de reconocer que él le pidió la renuncia a Luis Videgaray luego de la metida de pata con Donald Trump. Se niega a reconocer que coloca a sus amigos en las posiciones de poder por ser sus amigos y haber sido compañeros de trabajo en Toluca, y se aferra a la supuesta certeza de sus capacidades probadas. Insiste en que será sólo con el tiempo que los mexicanos entendamos la bondad de sus acciones, emprendidas siempre con el propósito de lograr el bien del país. Desde luego que no hay un asomo de autocrítica sincera, pero no habíamos visto en éste ni en los anteriores presidente, esa candidez.

En todo caso, yo me quedo con el Presidente de las buenas intenciones.



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