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Al final


Félix Cortés Camarillo

Se da por sentado que los fenicios, ancestros de los libaneses de hoy, son los inventores del comercio; a pesar de ser uno de los principales motores de la civilización, con grandes figuras de aventureros, navegantes y propaladores de noticias y culturas, al comercio no se le tiene en la estima que merece. La ruta de la seda de la familia Polo y el descubrimiento de América se hicieron realidad en la búsqueda de nuevas rutas para llevar productos y traer otros de tierras lejanas. Llevando y trayendo en el bagaje además cultura, religión, conocimiento y ciencia. Aun así, se tiene por un hecho que los comerciantes son de suyo codiciosos e inhumanos. Algo ha de haber de eso en algún resquicio de nuestras

experiencias personales.

Nuestro comportamiento civil depende de los comerciantes. Fechas como la Navidad, los Reyes, el día de las madres o del maestro se asentaron por determinación de los mercaderes para incentivar el consumo.

Ayer se dio el escopetazo inicial a la más reciente adición mexicana a ese calendario. El llamado Buen Fin fue inventado por Felipe Calderón con la complicidad de Ernesto Cordero y José Antonio Meade -ministros entrante y saliente de Hacienda- en el otoño de 2011, ante una economía en deterioro y un comercio interno débil. La idea no tiene nada de original. Nació en Estados Unidos el siglo pasado, luego de la gran crisis del ‘29. La tradición, regida por el comercio, comenzó a establecer el periodo de fiestas de fin de año entre el tercer jueves de noviembre y el 1 de enero.



El tercer jueves de noviembre es el Día de Acción de Gracias, la más importante fiesta familiar de los norteamericanos. Los comerciantes de entonces lanzaron una gran barata del día siguiente a fin de promover el consumo. Querían, con las ventas masivas del viernes, pasar de los números rojos de déficit a los números

negros de las ganancias.

Lo lograron y así se instituyó el “viernes negro”, en el que los ávidos compradores hacen filas desde la noche anterior para esperar que las tiendas abran y arrebatarse las mercancías rebajadas.

Con base en esa experiencia y con el mismo objetivo, Calderón hizo que los comerciantes tuvieran la iniciativa de hacer el Buen Fin, sugiriéndoles que hicieran algunas atractivas rebajas.

Para establecer la fecha del Buen Fin se tomó en cuenta que muchos compradores del norte se desplazaban al sur de los Estados Unidos para aprovechar las ofertas del Black Friday y de esta suerte se fijó en el último fin de semana antes del 20 de noviembre, adelantándose a la barata gringa. Vivillos, ¿no?

En los últimos cinco años el consumo se intensificó y los números negros de los comerciantes se hicieron mayores, en la misma proporción que se hicieron rojos los números de nosotros, los del consumo. El secreto reside en que la mayor parte del intercambio comercial que comenzó este viernes es de mentiritas. No se compran bienes o servicios, se adquiere deuda. No se paga con billetes de curso corriente sino con dinero de plástico.

Especialmente, en las compras llamadas a meses sin intereses con tarjetas bancarias o de tiendas departamentales. Lo cual no es malo, deber no es un pecado capital, horrible defecto es no poder pagar.

El incremento en las tasas de interés que se acaba de decidir tendrá efecto en el costo del crédito. Más tarde o más temprano las tarjetas de crédito elevarán las tasas que cobran sobre saldos insolutos.

Las advertencias de todo tipo abundan: no hay que comprar a crédito cosas de consumo inmediato que se agotan antes de ser saldadas. La atención que vamos a darle a esos consejos es nula. Preferimos quedarnos como el Cristo, con los brazos abiertos y las manos vacías.

Buen fin.



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