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Traigo mi 45


Félix Cortés Camarillo

Federico, de 15 años, está muerto por un balazo; quedó descerebrado. El muchacho vivía cerca de mi casa en Monterrey, asistía a una escuela privada por mis rumbos. Tiene la edad de mi hija menor y antier por la mañana entró a su salón de clases y, por motivos que se pueden adivinar, pero nunca se conocerán, sacó una pistola, le disparó a su maestra, también a algunos de sus compañeros de aula y luego se dio un tiro a la altura de la barbilla. Su compañero “El Gordito” ayer estaba muerto según me cuenta Aldo Fasci, vocero del Grupo de Coordinación de Seguridad de Nuevo León, el único que saca la cara en el estado ante la triste situación de seguridad que allá se vive.

Hasta donde podemos saber, o nos quieren decir, éstos son los hechos.

Pero la experiencia periodística me dice que los hechos no son lo importante, sino lo que hay detrás de ellos. Detrás de las balaceras de Playa del Carmen y Cancún hay algo más que un “vato loco” que entra a matar gente en un antro o un grupo criminal que trata de liberar a una cómplice presa. En el telón de fondo de estos sucesos está la corrupción de nuestros cuerpos, llamados de seguridad, la descomposición social de nuestra infraestructura y, finalmente, la ingobernabilidad que domina nuestro país.

En el fondo del actuar de Federico Guevara hay cosas, si se puede, más serias.

¿De dónde salió el arma con que el jovencito entró a su escuela? Para mí tengo que, por razones diversas y comprensibles, el padre de este muchacho tuviere una pistola en el cajón de su buró o en algún otro sitio de su domicilio con el aparente objetivo de proteger su vida y patrimonio.



Siguiendo en la línea de pensamiento, la familia de Federico está acostumbrada a pensar que cualquier tipo de conflictos, diferendos o reyertas se tienen que resolver por la ley del más fuerte. Mismo argumento de la intención reciente de extender el derecho de poseer un arma a llevarla en el auto o tenerla en el lugar de trabajo, de reciente publicidad.

Dicen las estadísticas, siempre dudosas, que hay tres millones de mexicanos que tienen armas de fuego. Obviamente, no es cierto. ¿Quién cuenta a los violentos que trasiegan la droga de todo tipo rumbo al norte y reciben a cambio armas a las que el Ejército de nuestro país no puede aspirar a disponer porque el, ahora más escuálido, presupuesto no las puede comprar?

El asunto es mucho más complicado y está enraizado en el principal problema de México que es su educación. Los maestros de hoy no pueden ejercer su autoridad porque las madres -generalmente, porque los padres somos muy apáticos- se lanzan a protestar y a pedir la destitución del tutor, alegando violaciones a los derechos humanos de los chamacos y chamacas, como diría Fox, cuando les dan unos reglazos en las manos por no hacer la tarea o pararse en el rincón cuando no se saben la tabla del nueve.

En ese caso, como en el del chamaco que -porque le dijeron ‘sotaco’ en la escuela’ decidió vaciar sus odios acumulados con una pistola 22 -o 30.06, o 45 o nueve milímetros o lo que sea- y sus cuatro cargadores en su aula de clases.

Ya lo había anunciado en su Twitter: “A ver, vuélvanme a decir sotaco”.



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