21/01/2017

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Opinión Editorial

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Los Estados Unidos es un país admirable, dueño de una geografía excepcional, su territorio es enorme, casi 10 millones de kilómetros cuadrados. Es el tercero del mundo sólo después de Rusia y Canadá (México es el décimo cuarto). Pero seguramente lo que ha hecho extraordinario a nuestro vecino del norte han sido las ideas que enarboló y defendió a lo largo de su historia. Desde su fundación hablar de América en el mundo era hablar de justicia, democracia, libertad.

Mientras los europeos en el siglo XIX se obstinaban en conservar a sus reyes y monarquías, los americanos luchaban y se organizaban para vivir democráticamente. Seguramente por ello el país, a la postre, creció como ninguno. Después peleó contra tiranos, abolió la esclavitud, luchó por los derechos civiles y venció amenazas externas espeluznantes como la que representó Hitler en la Segunda Guerra Mundial.

Así como en México veneramos a hombres como Benito Juárez, Francisco I. Madero, Emiliano Zapata y a Simón Bolívar en nuestra América Latina, en América admiramos a héroes universales como Thomas Jefferson, Abraham Lincoln, Martin Luther King, Franklin Delano Roosevelt y John F. Kennedy.

Sin embargo, la América heroica y de libertades se torna hostil para propios y extraños, se cierra al mundo, cancela la libertad de las empresas incidiendo en ellas para cambiar su voluntad, hostiga a la prensa y como lo hacen los autoritarios, amenaza al vecino más débil.

El mensaje incluyente y humanista del presidente saliente se ve alterado hoy en un discurso de odio, retrógrado, banal y xenófobo.

La barbarie genocida del nazismo en Alemania nace de un movimiento racista con un fuerte sentido de superioridad de unos sobre otros. “El hombre superior” debía gobernar el mundo pasando por las libertades y el derecho de los demás a coexistir.

Acaso la América de hoy se torna en la fuerza bruta, irracional y bélica que alguna vez combatió para defender la libertad en Occidente.

En Estados Unidos deberán actuar los contrapesos del nuevo presidente, no han elegido a un monarca sino a un presidente de una república democrática, en tanto en México debemos enfrentar con dignidad este desafío que presupone el nuevo presidente americano, siendo más productivos en nuestras labores diarias, pero sobre todo actuando contra males endémicos como la corrupción política y la impunidad, que han frenado nuestro desarrollo.



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