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Rosita, no me desaires; la gente lo va a notar


Félix Cortés Camarillo

El principal reclamo en boca de la gente de a pie a su gobierno mexicano ha sido la indolencia o pasividad ante los violentos —oh, sí— actos del señor Donald Trump y su ejército de empresarios dispuestos a destruir nuestro país, que no ha sido más que proveedor permanente de mano de obra dócil, efectiva y barata. La respuesta del presidente Peña ha sido blandengue.

La más reciente injuria -no puedo decir la última- se dio con la decisión unilateral de que todos los deportados por carecer de documentos irían al país de donde habían cruzado la raya. Evidentemente, nadie viaja de Honduras a Canadá para intentar lograr una chamba. Todos los centroamericanos pagaron el precio del tren “La Bestia” y las extorsiones, violaciones, robos y hasta asesinatos que en ese doloroso trayecto se dan.

En las provocaciones cotidianas, el señor John Kelly -jefe de seguridad, fronteras y aduanas de su país-, que estaba volando a la Ciudad de México en esos momentos, ordenó que todos los indocumentados que se encontraran en su país fuesen devueltos al país vecino (no hay más vecinos de Estados Unidos que Canadá o México) por el cual hubiesen entrado.

De manera insólita, el canciller mexicano, don Luis Videgaray, tomó la palabra -que debió hacerlo desde hace mucho- para decir que México no acepta a los deportados de Estados Unidos que no sean mexicanos. Los mexicanos estábamos esperando que el gobierno de México siguiera el ejemplo de Fidel Castro hace más de medio siglo, que ocho presidentes de Estados Unidos le hicieron los mandados. Lo que hizo Videgaray es una gran muestra de dignidad, pero también de falta de ella.

Muchos de los indocumentados que sean expulsados de Estados Unidos por no tener papeles van a llegar a su propio país como indocumentados: ellos tampoco pueden probar que son mexicanos, porque, en su condición de gente jodida, cuando se fueron en pos del sueño americano, nunca se llevaron un acta de nacimiento, una cartilla del servicio militar, mucho menos un pasaporte o una visa. Irónicamente, vamos a tener muchos mexicanos deportados de allá del norte para acá, que son indocumentados en su propio país. Y ya dijeron los gobernadores de mayor participación en ese asunto, Baja California y Tamaulipas, que a ellos los den por muertos.

Lo importante es el suave tono, casi amistoso, que el señor Kelly y su jefe, el secretario de Estado, Rex Tillerson, que han manifestado su buena disposición a las buenas relaciones entre los dos países, tan alejadas a las bravuconadas de su jefe, el presidente Trump. ¿Hay un cambio de actitud? Desde luego que no; tal vez un cambio de tono o una racional evaluación de que el mayor damnificado, si se rompe la relación bilateral México-Estados Unidos de esa manera brutal como se está hablando, es Estados Unidos.

Como dice la canción, Hipólito está en la cárcel, dándole cuenta al Creador.



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