03/01/2018

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Pasadizo secreto

Tres mesas


Miguel Rodríguez Sosa

Empieza un año, más sin embargo se tienen recuerdos del año pasado, que aun están muy presentes, y que por lo mismo salpica esos momentos, esos episodios buenos o malos, provechosos o nada satisfactorios; entonces la reflexión cabría en este preciso momento, ¿quién ronda la vida para que las cosas sucedan asi?, ¿acaso se da de una forma natural, individual?, o en verdad participan otros factores que quizás no se ven, pero que en la vida misma están como invitados principales, distantes entre ellos, pero eso sí, esperando sentados en tres mesas.

Con mucho orgullo se puede pregonar que en la primera mesa se encuentra la vida, la existencia misma, en ella la dicha de poseer el don de pertenecer a este mundo que satisfacciones brinda a cada momento, a cada instante, en donde nacen los hijos, se nace como hijo o hija de una familia, perteneciendo a una comunidad completa y verídica, que oferta día a día esos complementos suficientes para disfrutarla en plenitud y al máximo.

La segunda mesa no es tan atractiva que digamos, pero sin ésta no se avanzaría hacia todas las metas que se propone; por lo mismo, se deja llevar por este singular personaje, por decir, así llamado el tiempo, dimensión que brinda en distintas etapas determinar los avances, los acontecimientos vividos o por alcanzar en la existencia.

Más sin embargo la tercera mesa es la que menos se quiere mirar, por lo mismo se trata de apartarla, mantenerla lo más alejada posible, pues ésta sólo trae a la vida sufrimiento, dolor, pesar, ausencias totales al ser la muerte misma la encargada de ocupar este sitio, espacio sí muy distante, pero constante y cercanamente muy privilegiado.

Volviendo a la primera mesa, la vida, muchos de los seres humanos quizás no saben aprovechar esta oportunidad única de vivirla, pues más que disfrutarla de una manera sana, provechosa, optan por la destrucción en todos los formatos tanto dentro como fuera de su entorno familiar, en su propia comunidad, creando un caos en sus vidas, tan así que a toda acción hecha o recibida encuentran un motivo exacto para explotar, provocando externar la ira, la furia hacia sus semejantes.

El tiempo, sentado en esa segunda mesa, realmente es pacible, quizás tranquilo, pero de ahí se ve y claramente cómo la humanidad lo toma de diferente manera, todo lo hace apresuradamente, quiere alcanzar ese nivel de aceleración total en donde los detalles, las cosas simples de la vida, ya no existen, pasan desapercibidas; todo tiene un horario, todo tiene que hacerse al instante, todo era para ayer y cuando se cuenta con el tiempo suficiente, mañosamente se busca el motivo para acelerar de cierto modo el ritmo de la vida.

La muerte, esa mesa allá arrinconada, probablemente se esté muy equivocado en que nadie quiera verla ni tocarla, ni nombrarla, al entender que ella misma no tiene la culpa en muchos de esos desenlaces, al saberse que en sus dos manos esqueléticas y frías no precisamente está el destino de los seres vivientes sino más bien en las propias acciones de éstos; clarificar que en la mano diestra de la muerte quizás se encuentre la enfermedad, la vejez inevitable, pero en la siniestra probablemente se encuentren las equívocas acciones de los mismos seres humanos, como el matarse entre ellos a través de guerras, traiciones o individualmente, como el propio suicidio, agregando fatalidades por sus propias distracciones.

De estas tres mesas, algo sí queda claro, que de las dos primeras la vida y el tiempo, queriendo algo se podría modificar y solucionar, pero de la tercera mesa, la muerte, es de dudarse algún cambio, pues por lo que se ve ha de ser mejor que la vida misma, ya que, en toda la historia de la humanidad, no se ha sabido de alguien que después de muerto a este mundo vuelva a regresar.




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