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De política y cosas peores

El loro del padrecito


Catón

Bucolio, joven campesino, contrajo matrimonio con Eglogia, una linda zagala del lugar. Al regresar de la luna de miel el padre del novio le preguntó al muchacho cómo le había ido con su flamante mujercita. “No sé, no sé -respondió, dubitativo, el mocetón-. Los movimientos hacia adelante y hacia atrás eran naturales, pero los movimientos en círculo creo que eran aprendidos”… El Padre Arsilio se compró un perico, pues se sentía muy solo. Quien le vendió el cotorro le aseguró que era gárrulo, facundo, verboso y garlador, o sea que hablaba mucho. Sin embargo en la casa parroquial el pajarraco se sumió en un mutismo de trapense o cartujano. El bondadoso sacerdote se empeñó primero en enseñarle a recitar jaculatorias, y luego a cantar el Tantum ergo. Sus esfuerzos fueron vanos. Quiso entonces que por lo menos aprendiera a decir: “Ave María”. Ni siquiera eso quiso enunciar el silencioso loro. Cada vez que el Padre Arsilio pasaba frente a él le decía al perico: “Ave María”, a ver si se grababa el piadosísimo saludo. Ni por ésas. Un día, después de varios meses de repetir inútilmente la salutación, el párroco decidió no insistir más en su infructuoso esfuerzo. Así, la siguiente vez que pasó frente al cotorro no lo saludó. Entonces, para su sorpresa, el loro habló y le dijo: “¿Y ora? ¿Por qué tan callado, güey?”… En el bar una mujer de ésas de “No me digas en qué trabajas: desde lejos se te ve la credencial”, se acercó a un cliente y le ofreció sus servicios amatorios. El individuo, hombre de pocas palabras, inquirió lisa y llanamente: “¿Cuánto cobras?”. Respondió ella con laconismo igual: “Dos mil pesos”. Ofreció el tipo: “Te doy 200”. “Está bien -aceptó la maturranga-. No vamos a discutir por peso más, peso menos”… El niñito le preguntó a su padre: “Papi: ¿por qué te casaste con mi mamá, y por qué nací yo?”. Respondió el hombre con rencoroso acento: “Porque a veces los condones salen defectuosos”… Capronio, ruin sujeto, le informó a su esposa: “Compré dos boletos a París”. “¡Fantástico, mi amor!” -se alegró ella. “Sí -confirmó Capronio-. Iré dos veces”... En la calle una mujer de la ídem le dijo a Babalucas: “¿Quieres fornicar?”. “No, gracias -respondió el badulaque-. Ya tengo Mastercard”… La linda secretaria Rosibel salió componiéndose la ropa del privado de su jefe, don Algón. “¡Caramba! -le comentó con una gran sonrisa a su vecina de escritorio-. En esta compañía sí que hay incentivos. ¡Apenas llevo 15 días trabajando aquí y ya llevo dos aumentos de sueldo!”… El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida -con confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus fieles el adulterio a condición de que no se consume el Día del Señor-, dijo en su sermón que había 14 formas de pecar con la carne. Al terminar el servicio todas las señoras presentes lo llevaron aparte y le pidieron que les describiera esas formas detalladamente. Le dijeron: “Nosotras sólo conocemos una, o cuando mucho dos”. (Nota: La doctrina católica enumera 45)... Después del apasionado trance erótico la muchacha le dijo a su galán: “Tú no usaste protección, y a mí se me olvidó tomar la píldora. Quizá dentro de nueve meses la cigüeña tendrá que hacer un aterrizaje forzoso”… Contaba un individuo: “En mi pueblo las chicas no son muy agraciadas. Una vez hubo un concurso de belleza, y los jueces tuvieron que declarar desiertos del primero al séptimo lugares”… Aquel bar era topless: todas las meseras andaban con el opimo busto descubierto. Comentaba el pianista del lugar: “Lo que más me sorprende es que llevo 10 años tocando aquí, y hasta donde sé jamás un cliente ha pedido leche”… Don Martiriano se compró con mucha ilusión un hermoso letrero que decía: “Hogar, dulce hogar”. Iba a colgarlo en la sala de la casa, pero doña Jodoncia, su mujer, lo detuvo con voz imperativa: “Debe ir en la cocina, imbécil”… Libidiano Pitongo, el tenorio del pueblo, le contaba a un amigo su última aventura. “Estaba yo con una mujer casada en el domicilio conyugal. En eso llegó el marido. Salté por la ventana y me eché a correr. Él me disparó un tiro de su pistola”. Le preguntó el amigo, asustado: “¿Oíste el balazo?”. “Dos veces -manifestó Pitongo-. Una cuando la bala me pasó a mí, y la otra cuando yo pasé a la bala”… FIN.




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